SERVVS SERVORVM DEI
PRIMAS ITALIÆ ET ARCHIEPISCOPUS PROVINCIÆ ROMANÆ METROPOLITANUM DOMINUS STATUS VATICANÆ CIVITATIS PATRIARCHA OCCIDENTIS
Ad Perpetuam Memoriam Dei
A los venerables niños, saludo y bendición apostólica.
Mensaje de Navidad
Venerables hijos, ¡santo día!
Después del silencio de la noche santa y del canto de los ángeles, la Iglesia, en la plena luz del día, eleva ahora su mirada al misterio eterno que sostiene todo lo que celebramos:
«En el principio existía la Palabra».
Hoy no contemplamos solamente al Niño en el pesebre, sino al Verbo eterno del Padre, Aquel que existe antes del tiempo, por quien todo fue hecho y sin quien nada existe. La Navidad, proclamada a la luz del día, revela que aquel que nació en Belén no comienza a existir allí: Él es Dios desde siempre.
San Juan no nos conduce primero a Belén, sino a la eternidad. Nos recuerda que el pesebre solo se comprende a la luz del principio, cuando la Palabra estaba con Dios y era Dios. Así, la fe cristiana no nace del sentimiento, sino de la verdad: el Hijo eterno entró realmente en la historia.
«En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres».
Cristo no trae solamente un mensaje: Él es la Vida. Donde Él entra, las tinieblas retroceden. Y, sin embargo, el Evangelio nos advierte con sobriedad: «La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron». No dice que las tinieblas desaparecieron, sino que no vencieron.
La Navidad, por tanto, no es una huida de la realidad, sino un juicio sobre ella. La luz vino al mundo, y el mundo fue hecho por ella; pero el mundo no siempre quiso reconocerla. He aquí el drama que atraviesa los siglos: Dios se acerca, y el hombre puede acogerlo o rechazarlo.
Pero el Evangelio anuncia hoy una promesa luminosa: A todos los que la recibieron, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. La Navidad no es solo memoria de un nacimiento pasado, es la oferta de una nueva filiación. En Cristo, no somos solo criaturas: somos llamados a ser hijos.
Y entonces escuchamos el corazón de toda la solemnidad, proclamado por la Iglesia con especial reverencia: "Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros". No apariencia, no idea, no símbolo: carne verdadera. Dios asumió nuestra condición para que nuestra condición fuese elevada hasta Dios. Aquí está la dignidad del hombre, aquí está la esperanza de la Iglesia, aquí está el fundamento de nuestra fe.
Celebrar la Navidad es permitir que la verdad ilumine la vida, que la gracia transforme la voluntad y que la luz de Cristo se refleje en las obras. Que esta Misa del Día nos conceda la gracia de contemplar la gloria del Hijo unigénito, lleno de gracia y de verdad, y de vivir como hijos de la luz, hasta el día en que lo veremos ya no bajo los velos de la carne, sino en la plenitud de su gloria. Amén.
